El sonido y el silencio
Entendiendo la música
Lucía está sentada en el suelo del salón, dibujando mientras su abuelo Mateo afina su guitarra.
- Abuelo, estoy dibujando un pentagrama, como el que me enseñaron en la escuela. ¡Pero creo que le falta algo!
- ¿Ah, sí, pequeña compositora? Cuéntame, ¿qué le falta a esa partitura tuya?
- Ya puse muchas notas, esas que son redondelitos con palitos, pero creo que me están faltando estos otros dibujos más raros. ¿Qué son?
- ¡Qué buena observación, Lucía! Esos “dibujos raros” son tan importantes como las notas mismas y se llaman silencios. ¿Recuerdas cuando te hablé de los silencios?
- ¿Silencios? Pero si son silencios, ¿por qué hay que dibujarlos? Si no suenan, ¡mejor no los ponemos! Así tendríamos más espacio para notas alegres.
- (Sonríe) Imagina que la música es como una historia que yo te estoy leyendo. Las notas son las palabras. Nos dicen qué debe sonar y por cuánto tiempo.
- Ajá. Como “la vaca salta” o “el sol brilla”.
- ¡Exacto! Ahora, ¿qué pasaría si yo te leyera todo un libro sin tomar aliento ni pausas, como si estuviera escrito sin puntos y sin comas?
- Uff... No se escucharía lindo... ¡Y te pondrías rojo, abuelo!
- ¡Sin duda! Los silencios son justamente eso: los puntos y las comas de la música. Permiten que la música respire, le dan un momento al oído para que descanse y hacen que el cerebro disfrute de la nota que acaba de escuchar. También hacen que la próxima nota suene más importante y clara. La música que no tiene silencios es como una pared de ladrillos, toda igual y sin ventanas.
- ¡Ahora entiendo! La nota es cuando el sonido dice algo.
- ¡Mejor no lo pudiste haber dicho! En un cuento pasa lo mismo. Quien escribe decide qué palabras usar, y qué espacios son necesarios para que la historia sea bella y se entienda bien.
- En clase la maestra dijo que las notas son lo que suena, y los silencios lo que no suena —y enseguida agregó— las notas serían como las palabras, y los silencios como los espacios entre ellas.
- ¡Pues yo no me creo mucho eso! —rió el abuelo— y continuó. En la música las pausas hacen que el sonido tenga sentido y se parezcan a una historia. Es una de las formas más antiguas y universales de organizar el sonido. Antes de que existiera el lenguaje, ya cantábamos.
Lucía sonrió al imaginarse la excena.
- ¡Ahora lo estás entendiendo! —dijo el abuelo, orgulloso—. Y así como no podés leer si todo estuviera escrito sin espacios, tampoco podrías disfrutar una melodía sin momentos de silencio.
Lucía, entonces, tocó una nota en su flauta y dejó pasar un momento antes de hacer sonar la siguiente.
- ¿Así?
- Así —dijo el abuelo—. Cuando la música respira, nace la emoción. La flauta es un instrumento de viento, es decir suena porque vibra el aire dentro de él. Con esos instrumentos necesitas volver a hinchar tus pulmones y tener aire para hacerlo sonar de nuevo, pero así sucede con todos los instrumentos: con un piano o una guitarra podrías producir sonidos de continuo pero aún así, el espacio que separa las notas es igual de importante.
- Abuelo —dijo Lucía, pensativa— ¿Y la batería también tiene notas?
- Ah, Lucía, ¡qué interesante es lo que acabas de preguntar! La respuesta corta es “No”. Al menos no en el sentido en que se utiliza la palabra nota en otros instrumentos. La batería es que es un instrumento que no produce sonidos comparables a los que podrían obtenerse con una flauta o un piano. ¿Quieres que te cuente un secreto?
- ¡Claro, dime!
- Podríamos decir que la batería no produce música sino ruidos, pero la habilidad del músico que la toca consiste en transformar esos ruidos en música, a través lo que se llama ritmo. Pero de eso hablaremos en otro momento.