Historias de dinero
El misterio de las tarjetas mágicas
- Mamá, cuando lleguemos a casa, ¿podés comprarme el videojuego que te mostré ayer? —le dijo Nico a su mamá al salir de la escuela.
- No puedo, no tengo plata —respondió ella.
- ¡Pero si tenés la tarjeta! —reclamó el pequeño.
Lucía, que esa tarde había salido directamente detrás de Nico, le contó al abuelo lo que había sucedido y lo que creyó que era un gran descubrimiento:
- ¿Sabés? Creo que las tarjetas de los grandes son mágicas. Aunque no tengan plata, con la tarjeta siempre pueden comprar.
El abuelo sonrió y tomó del cajón del armario del comedor dos cartas del mazo con que habitualmente jugaban: una roja y otra azul.
- Mirá, Lucía. Hacé de cuenta que la tarjeta roja funciona como una llave que abre tu propia alcancía. Cuando la usás, solo podés sacar lo que tenés guardado. Esa es la tarjeta de débito.
Después levantó la carta azul:
- La tarjeta azul es distinta. Es como si alguien te prestara dinero para que compres, pero esa plata tenés que devolverlo después, y a veces hasta pagar un poco más, pero eso vamos a verlo luego. Esa es la tarjeta de crédito.
- ¿O sea que con la tarjeta azul puedo gastar aunque no tenga nada en mi alcancía? —preguntó Lucía con los ojos bien abiertos.
- Sí —dijo el abuelo—, pero cuidado: si gastás más de lo que vas a recibir de mesada o de sueldo en el futuro, vas a quedar debiendo, y la deuda puede crecer como una bola de nieve.
Lucía se quedó pensando.
- Entonces… la tarjeta no es mágica. Es como pedir y prometer que voy a pagar.
- Exacto —asintió el abuelo—. Las tarjetas son herramientas muy útiles: te permiten comprar sin llevar billetes encima, o pagar algo en partes. Pero también pueden ser una trampa si uno se olvida de que, tarde o temprano, todo hay que pagarlo.
- ¿Y cómo es eso de que tengo que pagar más de lo que me prestaron?
- Ah, eso sucede si querés pagarlo pero no todo junto, sino en cuotas... Una este mes, otra el mes que viene... ¡Pero cuidado!... Por hacerte ese favor, el que te prestó te va a pedir que le pagues ese favor, cobrándote un poco más. Cuando usás la tarjeta de débito, usás tu propio dinero, y pagás exactamente por lo que comprás, pero cuando usás la de crédito y no querés pagarlo todo junto, te va a salir más caro.
Esa noche, Lucía miró la billetera de su mamá y ya no vio una varita mágica, sino una llave muy poderosa que había que usar con cuidado, pero antes, otra cosa se le ocurrió:
- ¿Y si me olvido de pagar o ese mes no tengo plata?
- Eso, querida Lucía, puede formar parte de una historia dolorosa, que te contaré otro día.